
Hace unos atardeceres lo vimos deambular por una esquina céntrica y cruzar la calle desorientado sin advertir los automóviles que amenazaban su vida. La gente pasaba a su lado, indiferente. Y él iba y venía, suplicando con los ojos compasión para su soledad y su angustia, mientras buscaba los rostros de aquellos que amaba. Porque también el amor florece en el corazón de un perro viejo, sucio, flaco, que acaso alguna vez fue un soberbio ejemplar de ovejero alemán. ¿Qué podemos saber, pobres seres humanos que somos, sobre el sufrimiento de un perro perdido en la gran ciudad . . .?